En lo alto del cerro se puede distinguir el Faro Dyrhólaey. Una sorpresa más en el camino. Un mirador excelente al que asomé el alma al espejo del sol, avisté la ruda erosión esculpida por el azote furioso del mar, y la arena vestida de noche sin luna.
El cielo que todo ve y todo escucha, procuró armonía a mi desbordado corazón.Dyrhólaey, morada perfecta para un par de meses de invierno donde tras las ventanas observar tempestades, tornados, rayos...
Truenos ensordecedores que inspiren historias de mar, vikingos y amores apasionados.
Largos paseos verdes, negros, azules; de espuma, de sal...
Desrodé la pista del Faro, salí a la N1, aún quedaba tarde por delante.
Horas de bicicleta, de aventura ese mismo día sin horizonte.
Haz de tu vida un sueño y de tu sueño realidad.
El cielo que todo ve y todo escucha, procuró armonía a mi desbordado corazón.
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